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Acercarse a la Cañada Real Galiana significa asomarse a la penumbra más oscura del ser humano. ¿Es posible conservar la esperanza, el optimismo o la fe después de contemplar un caudal tan abundante de sufrimiento, fluyendo sin descanso entre hogueras, montañas de basura y figuras espectrales, sin otro horizonte que una nueva dosis capaz de aplacar el insomnio, la ansiedad, el lagrimeo, las náuseas, los vómitos y los dolores musculares?

Las Cañadas Reales eran antiguas vías pecuarias. Aunque la ley prohibía construir en su trazado, se permitía a pastores y ganaderos sembrar huertos y levantar pequeñas casas  para almacenar aperos de labranza o realizar una parada en el camino. Actualmente, no queda nada de ese estilo de vida en la Cañada Real Galiana. En su lugar, más de ocho mil personas viven en una avenida de chabolas, chamizos, escombros y, ocasionalmente, chalets de lujo, que se extienden a lo largo de quince kilómetros. Dividida en sectores, el seis es el más grande y populoso. Comienza en la A-3 y finaliza en el término municipal de Getafe. En un tramo de unas cuarenta parcelas, se alza el mayor hipermercado de la droga de Europa. Conocido como Valdemingómez, linda con la incineradora y con la Parroquia de Santo Domingo de la Calzada. A menos de un kilómetro de distancia, se halla El Gallinero, un poblado de rumanos de etnia gitana.

¿En qué consistía la vida? ¿Cómo descubrir de nuevo el presente? ¿Quedaban todavía lugares donde recuperar la frescura? ¿Era posible una mirada nueva? Y, ¿de donde venía?

Hasta hace una semana, sólo conocía ese paisaje por los reportajes televisivos. El joven sacerdote de mi pueblo me habló de la asociación Bocatas, una iniciativa solidaria que surgió en los bajos de Azca en 1996. Tres amigos –Jesús, Nacho y Jorge- decidieron espontáneamente ayudar a las personas más vulnerables de su barrio, una zona acomodada que también sirve de cobijo a vidas rotas por el alcohol, las drogas, la enfermedad mental o la pobreza. No me agrada el término “mendigo”. Prefiero hablar de transeúntes o sin techo. Transeúntes y sin techo fueron los padres de Cristo. Su situación de precariedad y desamparo no les restó un ápice de dignidad. En todo caso, evidenció la dureza de corazón de una sociedad que mira hacia otro lado, cuando la injusticia y el sufrimiento perturban su plácida rutina. Jesús, Nacho y Jorge son de otra manera. Por eso, se lanzaron a la calle con bocadillos y bebidas. Sabían que no iban a cambiar el mundo. Sólo deseaban apaciguar las heridas físicas y psíquicas, con algo de comida y unas palabras de afecto. Vivir en la calle suele acarrear una dolorosa pérdida de autoestima. Muchos transeúntes esconden su rostro detrás de los cartones que les protegen del frío. Se avergüenzan de su situación y piensan que no merecen ser amados ni respetados. Jesús, Nacho y Jorge entendieron que su misión eran hacerles sentir lo contrario. Que merecían respeto y cariño, que no eran material desechable, que su infortunio muchas veces era el pecado de todos, que el sentido de la vida humana es la fraternidad, el encuentro, el cuidado del otro, particularmente cuando ya no espera nada.

El número de amigos fue creciendo y la iniciativa cambió de escenario. Primero, se desplazó  a Las Barranquillas y, más tarde, a la Cañada Real Galiana. Hoy en día, los amigos ya no son tres, sino cerca de un centenar y se reúnen todos los viernes. Aunque su actividad solidaria se identifica con el nombre de Bocatas, no se consideran voluntarios, sino seres humanos que han adoptado una manera de vivir, guiados por un sincero afán caritativo. Se relaciona la caridad con la autocomplaciente limosna, olvidando que “caritas” significa amor, entrega, aceptación incondicional del otro. Los amigos deBocatas, donde ya hay personas de todas las edades y estratos sociales, han escogido como lema “Pasión por el hombre”. Es una expresión que refleja perfectamente su intención de acercarse a los demás sin juzgarles ni condenarles, sino amándoles de una forma integral, incluso cuando se manifiesta lo peor del ser humano. En la página web de Bocatas, se incluye una cita de Aldous Huxley: “Pero yo no quiero confort. Yo quiero a Dios, quiero la poesía, quiero el verdadero peligro, quiero la libertad, quiero la bondad, quiero el pecado”. Es un fragmento de la conversación entre el Salvaje y Mustafá Mond en las últimas páginas de Un mundo feliz. Aunque la novela se publicó en 1932, la amenaza de los totalitarismos ya se perfilaba como algo inminente e inevitable. Imagino que han elegido este pasaje porque no se puede sentir pasión por el hombre y no aceptar los riesgos de la libertad.

Pasé un par de horas en la carpa que levantan los amigos de Bocatas. Contemplar los estragos de las drogas en hombres y mujeres prematuramente envejecidos, con la mirada perdida y la mente ofuscada, me sobrecogió. Nadie merece sufrir de esa manera. La mayoría de los toxicómanos rehúye hablar. Se limitan a recoger la ropa, la bebida y la comida, y se escabullen en la oscuridad. Sólo unos pocos rompen ese automatismo. Jesús, alias “Sando”, lleva siete años desenganchado. Vivió mucho tiempo en una tienda de campaña, sin otra preocupación que pillar, ponerse y dormitar. Ahora acude todos los viernes a la “mesa compartida” de Bocatas. Cercano, amable y comunicativo, su sonrisa es contagiosa y esperanzadora. Algo semejante puede decirse de Joaquín, uno de los bocateros. La mala suerte se ha ensañado con él. Ha sufrido dos accidentes muy graves, que le han dejado importantes secuelas físicas, pero desborda humor y entusiasmo. Si nota que estás afligido por algún motivo, te pide permiso para darte un abrazo.

En 1944, Dámaso Alonso publicó Hijos de la ira, que incluía el célebre poema “Insomnio”, según el cual “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”. Ahora somos muchos más, pero las almas se siguen pudriendo lentamente, como en el poema de Dámaso. Sin embargo, yo no advertí esa podredumbre en la Cañada Real Galiana. Agrupados alrededor de la alta y sencilla cruz de la Parroquia de Santo Domingo de la Calzada, sentí que la vida fluía suavemente, circulando de mano en mano con la ternura de un sencillo trozo de pan.

Fuente: Rafael Narbona, publicado en El Imparcial (30-01-2016).

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